Julio 7, 2018

Carmen Palmar, maestra artesana tejedora de sueños

“Con 48 años de edad y con cuatro hijos de los que siempre he sido padre y madre, cada día me sigo esforzando por sacar adelante a mi familia”: esas son las palabras de Carmen Palmar Uriana, una mujer wayuu artesana, guerrera y soñadora, miembro de la comunidad de Aluatachon, símbolo de admiración y ejemplo de vida de todos los que la rodean, porque gracias a su dedicación y amor por lo que hace, ha logrado tejer un legado para transmitir conocimiento y cultura a diferentes generaciones.

Todo comenzó a sus 12 años, cuando inició su etapa de encierro, aquí además de dejar atrás su niñez, aprender los quehaceres de la casa, reforzó su técnica en los tejidos, aprendió a tejer la faja masculina o Si’ira, las mochilas y los chinchorros. “En un inicio fue bastante difícil para mí la espera en el encierro, pero depronto me enamoré de este arte y no encontraba mejor refugio que inspirarme elaborando una pieza, fue así que me acostumbré a la soledad, fueron 1.095 días sin ver la luz del sol, 3 años de oscuridad que me enseñaron que el negro no siempre es la ausencia del color”, afirma Carmen.

Las artesanías siempre han sido parte de la comunidad donde habita y es a su madre, de quien heredó tan majestuoso arte, por esto gracias a su entrega y dedicación en los años noventa, quiso asistir a una reunión organizada por Cerrejón, donde llevarían un proyecto productivo de hilos con el fin de elaborar muestras artesanales wayuu que serían comercializadas, gracias al cual, en 1996 participó por primera vez en la feria Expoartesanías, en la que comercializaría sus productos, y el que luego, dejaría por un tiempo.

Años después, en 2008, Carmen retomó este proyecto y de la mano de la Fundación Cerrejón, reinició su participación en diferentes ferias a nivel nacional; además de facilitarles las herramientas necesarias a los artesanos con anhelos de salir adelante a través del arte y capacitarlos ante un escenario comercial. Gracias a este impulso, ella decidió lanzar un proyecto para su comunidad, estructurando una organización comunitaria de las ganancias de los artesanos en tres campos fundamentales para el desarrollo de la misma: el fortalecimiento de su producción; la compra de los materiales y el fortalecimiento de la mano de obra, que es la ganancia del creador del producto, así como el empoderamiento social, que beneficia directamente la educación y el bienestar de toda su familia.

“Estoy orgulloso de todo lo que poco a poco hemos logrado, he estado en todos los escenarios de mi mamá y me he dado cuenta de todo el esfuerzo que le ha puesto ella al proyecto; me siento con la responsabilidad de devolverle tanto a ella, como a mi comunidad lo que han hecho por mí, por haberme impulsado a salir adelante”, comenta Alberto Meza, hijo de Carmen.

Para ella, es muy importante que cada uno de los wayuu sea un embajador de su etnia y cultura: “invito a mis compañeros artesanos de todas las comunidades  a que no desistan de su labor, que se motiven, que demuestren con orgullo su arte y que aprovechen todas las oportunidades que toquen a su puerta” añadió la maestra.

Carmen, espera con calma recoger los frutos de las semillas que ha cosechado y hoy sueña con la posibilidad de ver a una de sus alumnas representando su etnia a nivel internacional.